Una experiencia que deja huella

Llegué con ese gusanillo de enfrentarme a lo desconocido pero sabiendo que no iba a ver nada desagradable y concienciado de que iba a ayudar a unos «pobrecillos» enfermos. Empezamos visitando la sede de ANDEX , que hacen un trabajo excepcional, y me pareció pequeña, pero total para reunirse y charlar tampoco estaba mal. De allí salimos hacia el hospital, nos daban consignas para que estuviéramos prevenidos. Cuando llegamos al hospital y entramos en la planta la verdad es que no parecía un hospital, mas bien un sitio tranquilo donde sobre todo se echaba de menos las risas de los niños. Por un momento pensé que estaba vacío, ya que al ser sábado nos habían comentado que muchos se iban para sus casas. Hablamos con el coordinador de voluntarios y nos explicó que los niños estaban en las habitaciones y que el primer reto era sacarlos de ellas y llevarlos a la sala de juegos ya que, lógicamente, había días que no querían ir porque estaban cansados y no se encontraban con fuerzas. En ese momento me dije “esto va a ser más complicado de lo que creía”, nos dividimos y con mucho “miedo” fuimos por las habitaciones intentando que se vinieran a jugar.

Cuando vi al primer niño todo el miedo y los nervios se pasaron, algunos se vinieron a la sala, otros no tenían ganas y alguno quería, pero eran los padres los que temían que al salir de la habitación enfermaran. Jugamos con ellos, reímos con ellos y sus padres, al que no vino a la sala, animados por los voluntarios, fuimos a las habitaciones a jugar. La mañana se me fue en un soplo.

Llegué a casa, hablé con mi mujer de la experiencia y no me avergüenza decir que se me saltaron las lágrimas, no por los niños ni por los padres, si no por mí, porque a diario me quejo de problemas y más problemas. Todo es un problema, hasta lo más insignificante es un problema: el trabajo, el dinero, las hipotecas, el colegio del niño, el viaje que quiero hacer y no puedo, todo es un problema. Sin embargo, aquellos padres que tienen mis “problemas” y a su hijo allí enfermo los ves con esa fuerza con sus hijos jugando, riendo al verlos reír y esos niños sabiendo que están enfermos con unas ganas tan grandes de vivir, de jugar con un globo o pintar la cara de un desconocido para ellos es tan grande, que de verdad me avergüenzo de mí y de mis problemas.

Puedo decir, sin lugar a dudas, que ha sido la experiencia más gratificante que he tenido en mi vida. He trabajado en deportes con grupos de niños, he sido voluntario de Protección Civil y he colaborado muy estrechamente con una asociación de niños discapacitados, pero sin lugar a dudas ninguna experiencia me ha llenado tanto como la de este día.

Para finalizar tengo que decir que tengo un hijo guapísimo, por cierto de 8 años, y los niños son así, se enteran de todo. Cuando me preguntó donde había estado, ya que no había ido a su partido de fútbol, le dije la verdad, aunque él ya lo sabía porque la madre se lo había dicho, al decirle que había estado con los niños con cáncer no se me olvidará que me dijo: “papá, los niños no pueden tener cáncer”. En ese momento, menos mal que estaba mi mujer “para echarme un capote” porque vaya traguito. Pasó el día y ya mas tranquilamente, con los nervios más templados, al día siguiente hubo que explicárselo todo.

En fin una experiencia increíble donde fui a ayudar a unos pobres niños y salí yo ayudado con una visión totalmente diferente, no del mundo sino de la vida. Nos hemos planteado incluso ir los tres, incluyendo al peque, más que nada por que sigan ayudándonos y nos sigan dando esa terapia que todos necesitamos, sobre todo en estos momentos en los que es muy fácil quejarse por todo.

Gracias a esos niños que cambiaron el enfoque de mi vida y sin duda si me dejan repetiré.

(Alejandro Medina, Técnico de Mantenimiento)

Fuente: SPB

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